I
Me perdí buscando a la Maga. Desde que me recuerdo, la he ido buscando por las ciudades en las que viví de forma compulsiva. La empecé a buscar mucho antes de reinventarla en París, en aquellos días tan extraños en donde todo era poesía. Quizá la llevo buscando mucho menos tiempo que Julio, él ya está condenado a buscarla de por vida allí donde esté, sin embargo mi fe en encontrarla hizo que se convirtiera en una búsqueda obsesiva.
A veces pienso que la Maga murió mucho antes de que me decidiera a buscarla cuando apenas tenía 16 años y vivía en un mundo lleno de preguntas mal respondidas, pero todo el mundo me habló siempre de ella; que si la habían visto en el Pont Neuf, que si en la zona cero jugando con las flores, que si en medio de un bombardeo en Bagdad. Todo el que nunca la buscó, la ha visto alguna vez, inocente e ingenua, distraída en alguna paloma de colores o jugando con los charcos formados después de un día de lluvia.
Yo nunca la vi. O quizá la he visto en multitud de ocasiones. La verdad es que no sé si sería capaz de advertirla, cuando paseo de calle en calle, en busca de nuevos reflejos de sol o cuando me quedo inmóvil en medio de una tormenta y cierro los ojos y vuelvo a ser el niño que nunca más seré. No lo sé. Siempre he pensado que si me cruzara con ella, algo me haría saber allí estaba frente a mi, una razón que siempre me pareció un tanto absurda, tanta gente la ha buscado que por qué tendría que ser diferente conmigo.
Mira el pobre Cortázar, la tuvo una vez entre sus manos y se le escurrió como uno de esos peces de colores del Sena.
II
A veces me pregunto que es lo que realmente estoy buscando. Toda búsqueda requiere de su objeto y a veces siento, que mi objeto es tan escurridizo, que soy yo mismo el que se busca.
El que busca encuentra, solía repetir de niño, pero la verdad es que no sé que es más triste; pasarse la vida encontrando siempre lo que uno se propone, o por el contrario hacer de la vida una eterna búsqueda. Encontrar es siempre el fin. Encontrar el libro que buscabas, o el cigarro que se cayó detrás de la mesita cuando a uno le entra el mono. Pero buscar, en cambio, es algo más noble. Al deseo no se le encuentra, se le pasa buscando toda la vida, y uno así se va engañando cada mañana al abrir los ojos. Porque encontrar un deseo es ver como se esfuma. Besar los labios que deseaste es comprobar que pueden volverse amargos y eso, es una maldita putada. Aún así, siempre me pensé un buscador. Un buscador condenado a buscar sin encontrar mas que reflejos de lo que andaba buscando.
A veces me gusta mirarme en el tiempo, embebido en quién sabe qué búsqueda, con el pelo más blanco, con una barba desaliñada pero atrayente, en algún cafetín oscuro, compartiendo conmigo mismo tabaco y cerveza, secretos y proyectos que sólo serán ceniza.
III
Uno se piensa especial y cómplice de la vida con frecuencia, sobre todo si se siente mirar por dos jóvenes que se besan en la boca y ríen, o cuando la chica de enfrente, en medio de una crisis mundial en su relación de amor, se olvida de los cañones y los B-12 que su pareja le lanza enojado, y decide mirarte abstraída y dulce, quizá viento en ti el reflejo de lo que ya ha perdido, o quizá porque recuerda, en el mismo momento en el que te clava sus ojos, el primer beso que se dieron horriblemente mal hace unos años.
Uno se piensa considerado, capaz de hacer feliz a alguien. La soledad, que no es mala compañera, se vuelve con el tiempo, una celosa violenta difícil de engañar. Siempre acaba preguntando que a dónde, que con quién, y uno se cansa de tener que compartir el café con la soledad del café.
Podía aparecer porque sí, alguna vieja amiga o algún viejito desaliñado que me sacase de este tedio de café malo con hielo, pero nada pasa. Dejas escapar una mueca irónica que te devuelve el vaso sucio en el que acabas de beber, y ríes, ya lo sabes de sobra, ni hoy ni mañana, aquí nunca pasa nada.
IV
Su sonrisa, eso fue. La maga se apareció por primera vez en la sonrisa de María. Creo que toda mi búsqueda comenzó por ahí, una sonrisa. Se podría decir que todo en ella era como la negación de lo que buscaba, todo excepto su sonrisa. Desde entonces aprendí a mirar sonrisas aunque he de reconocer que, al principio, no es nada fácil porque todas en esencia son un abrir alegre de boca, pero con el tiempo se aprende a distinguirlas y clasificarlas.
Lo primero es pasarse mucho tiempo mirándolas sin pretensión alguna, por la calle, en el autobús, de noche, durante todo el día. El tiempo y la repetición de miradas te acaban aportando la primera cualidad: distinguir una sonrisa de su imitación. Me pasé mucho tiempo riendo, a costa de la gente que iba por ahí, forzando constantemente su sonrisa, durante el café, en la biblioteca, en los bares de noche. Qué triste es ver una sonrisa fingida. Es como si ahora tratásemos también prostituir la alegría.
Pero volvamos a la sonrisa. La Maga nació en una sonrisa. Quizá no de la persona que más me hubiera gustado pero, al fin y al cabo, los desengaños son las únicas experiencias que acaban por enseñarnos algo. María, sin saberlo, me dio la primera pista y, a veces, pienso que por eso siempre guardaré un pequeño recuerdo de ella, su sonrisa, el arcoiris donde la Maga acudía a jugar con las últimas gotas de lluvia.
V
Toda búsqueda comienza en la pérdida, no en la pérdida de lo buscado, sino de su intuición y mi intuición fue una simple sonrisa (menuda intuición). De esta forma comenzó esta manía mía de buscar cosas. Pero, un día me cansé de adivinar sonrisas y decidí salir a buscar a la Maga. La busqué donde pensé que podría encontrarla y, claro, no la encontré.
Encontré reflejos, sombras desfiguradas que desvirtuaban mis más altos deseos. La noche está lleno de ellos, reflejos que te llaman con una boca suculenta, con una voz de mariposa, pero cuando uno se acerca, se da cuenta que ni rastro de esa boca ni de esa voz, apenas la sombra de una chica que casi no puede abrir los ojos por el alcohol. Así, día tras día, salí al encuentro de la Maga, inventándome en cada noche, en cada nuevo lugar, pero fue inútil, no encontré nada.
El peligro de ser un buscador convencido de su objeto de búsqueda, es que el desengaño es más grande, y uno acaba por desquiciarse. Todo lo que veía me parecía la negación de lo que, café tras café, soledad tras soledad, había imaginado de la vida. Después de todo, mi vida siempre fue como una alegoría, no de metáforas, sino de desengaños, encadenados uno tras otro, sutiles y puntuales, que me han dado la medida exacta de lo que hoy se de mi.
Acepté el engaño de ver cada noche lo que se quiere ver y, una vez que aceptabas ser como los demás, un animal siempre solo y hambriento, empezabas a encontrar miradas que buscaban, manos que se cerraban en la tuya y cuerpos que se abrían generosos como en aquellas primaveras en la casa del campo, donde veías día a día, abrirse las rosas, florecer el jazmín, sólo que los cuerpos tardaban mucho menos en abrirse. Las flores tienen su ritual, los cuerpos no lo necesitan, el alcohol aceleraba ese proceso.
La Maga no podía estar allí. Ella no era como esas flores de invernadero que crecían regadas por el whisky de garrafa. La Maga debía crecer en las aceras de la ciudad, en las bocas del metro, allí donde era imposible la vida, erigiéndose como el último faro de mi tierra firme, esa última luz tras la cual ya no hay nada, sólo sombras, las mismas sombras en las que cada día caía.
VI
Al principio la noche fue la verdad. La verdad de aquellas noches felices, en las que bastaba la mirada de alguna muchacha para sentirse mejor. Entrar en ese reino oscuro, de pocas reglas, era el misterio que aguardaba al adolescente que fui cada fin de semana porque allí se dejaba de ser el que se era de ordinario y uno podía inventarse la historia. Al principio, resistí a inventarme, no me gustaba ese juego absurdo de fingir, pero al final cedí como todos.
Más tarde, roto ese velo mágico, la noche se erigió como la dosis de engaño ( o de magia) que al final de la semana se necesitaba para sentirse vivo. Dos reglas aprendí desde entonces: una, que en la noche, como en la creación del artista, nada es verdad ni mentira completamente, todo es una especie de pacto de ficción en donde lo que pasa es al mismo tiempo lo que podría estar pasando, una especie de sueño situado en la parte más alta de la consciencia que, al día siguiente, se convertía en un recuerdo como de escarcha apenas recordado; y dos, nunca encontraría a la Maga en la noche. Ella no podía ser ficción, o sueño, o niebla, ella tenía que ser de carne y tacto, susurro y sonrisa, alma sin excusas.
Pero me atrapó la noche. Me dejé seducir por ese licor que cada noche me secaba los ojos y la garganta, y me embriagaba con esa felicidad que te deja sin palabras, tartamudeando vergonzosamente ante unos ojos que dejaban de brillar tras el sortilegio. Estuve mucho tiempo bebiendo de aquella esperanza incolora, de esa esperanza que me abandonaba cada mañana convertido en mi propio esperpento, frente a un alba que cegaba y anunciaba el final del hechizo, el pasar ceniciento del sueño.
VII
Hay que equivocarse muchas veces para encontrar detrás de cada engaño, algo que merezca la pena. Yo me equivoqué en exceso. Unas veces por fijarme en la forma que la felicidad decidía esperarme en el lugar equivocado, otras por querer beberme con demasiada avidez la cicuta de mis propios deseos. A pesar de todo fui (quizá debería decir soy) afortunado porque, tras todas mis derrotas, algo en mi interior hizo que no perdiera la fe.
La Maga nunca me esperó con los brazos abiertos, sino más bien, en posición de esfinge de piedra celosa, con la mirada perdida y los brazos adheridos a su tronco helado. Ella nunca me quiso como amante celoso de su amor y decidió esperarme en la desesperanza, en la derrota inesperada, en los cruces de caminos pero yo, siempre ocupado en mirar los carteles, los atajos, las marcas de los árboles, nunca la vi.
Hoy sigo sin ver a la Maga y puede que jamás la vea. Quizás ella no sea como una de esas fotografías antiguas que se pueden guardar en el cajón del escritorio como un tesoro ganado que se teme perder. Con el paso del tiempo se aprende, que la felicidad con mayúscula no existe, es un breve instante; un beso, un invierno o una vida. Y en ese preciso momento debemos apresarla con fuerza, inhalando en ese breve abrazo toda su esencia, porque quizá mañana no haya nada que abrazar, y será mejor tener como referente, la memoria breve de los que nos acompañará el resto de nuestros días.
La vida que resta será como un gran edificio del que no podremos salir y al que nadie podrá entrar, un edificio donde sólo encontraremos lo que un día elegimos salvar del naufragio y guardamos en cada estancia.
VIII
Luchar, luchar contra todo. Contra el mundo, contra ti, contra el olvido, contra el cambio. Tendré que luchar con fuerza, quizá con tanta fuerza que al final me quede exhausto al pie de algún camino perdido. No puedo cansarme ahora. Esta vez no puedo flaquear ni un solo segundo. A veces merece la pena quedarse tirado en el suelo como un trapo de cocina viejo, sin sentido pero feliz de haber servido para algo, porque servir para algo es el fin de toda persona.
Algunos sirven durante toda su vida, otros, en cambio, no servirán jamás para nada. Yo llevo sin servir demasiado tiempo. Antes mi alegría era un arma que disparaba sin cesar contra todo lo que se cruzaba en mi camino y eso servía de algo. Ahora mi alegría ha olvidado como alegrar, y mi sonrisa vive escondida muy adentro, por miedo a salir a fuera y parecer demasiado forzada.
Miedo. Quizá sea miedo al fin y al cabo. Siempre tuve en el fondo miedo de no encontrar a la Maga. Miedo, sí. No el miedo a la oscuridad de cuando éramos niños. Tampoco el miedo adulto a perder ese apoyo, esa fe en algo, no. Este miedo es más poderoso, porque no tiene su origen en la sombra, sino en la luz. Esta explosión de luz, da miedo, porque, no nos engañemos, el miedo no es temer lo que se conoce, sino temer lo que jamás se ha visto.
El tiempo pasará. A veces muy aprisa, otras, arrastrándonos a un tedio corrosivo. Pero no es el tiempo lo que me hace temer. El tiempo de los otros, ese tiempo de minutos, nos condenó a un destierro infinito, un martirio minutado en un reloj de arena que siempre corre más que nosotros.
Ese tiempo no me sirve para querer. Para odiar, sí; para levantarse cada mañana y no perderse, sí; para engañar con comparaciones, sí; pero eso, dime, de qué puede servirme. El tiempo de la Maga se va secando si se enjaula en días, en horas de reloj de pulsera, y al final acaba mustiado como un jazmín de ciudad, enmacetado en un patio sombrío. ¿Cuánto dura un beso o una mirada? El tiempo es como un corazón que no se puede adivinar. A veces se acelera y todo pasa tan aprisa, y otras, se ralentiza en un sofá sin tiempo, sin fuerzas para levantarse a cambiar de canal o bajar el volumen de la música.
Una autopista, sin límite de velocidad en las caricias, sin señales de prohibición en los arcenes. Solo asfalto y vida en potencia. ¿Qué puede hacer el miedo contra eso? Arrugar la piel, ralentizar los pasos, envejecer el paisaje. ¿Y qué es eso?
POSDATAS
I
La Maga hasta ahora había sido la belleza. Ella o la belleza me trasmitían el mismo sabor dulce cada vez que las encontraba, juntas o por separado. La belleza era lo inmaterial que hacía que las cosas materiales fueran trascendentes, y la Maga, entonces, era la parte de la vida que la hacía habitable; distintas formas de vivir el instante . Pero el adolescente que fui intuyó, en mitad de esa enajenación preciosa, que ambas cosas se besaban en alguna de sus partes pero no eran lo mismo. Algo en la Maga la hacía bella, y algo en la belleza del mundo se reflejaba en ella. Con el final del hechizo, roto el velo de luz que habitaba en nuestra mirada, uno se encontraba con la realidad de frente, crudamente, sin la Maga ni la belleza, la realidad sola, como solos estábamos sin nuestro objeto de deseo.
Ame la belleza de cada momento, la vi reflejada cada rayo de sol extraviado, y fui feliz durante ese letargo. Descubrí ciertas cosas ocultas a mi hasta ese momento, y aprendí que la maga significaba mucho más que apresar a esa otra persona. La maga era otra forma de hacer poesía. Poesía sin rima, a veces, sin ritmo, en ocasiones, sin inspiración con el tiempo, un poema esquivo que había que escribir para que siguiera existiendo. En su justa medida, uno acaba prostituyendo la búsqueda en pro de otras cosas. Yo intenté prostituirla para alcanzarla, pero no era la forma. Cuando uno descubre que ella es algo vivo, que cambia con los amantes, siente miedo, tanto miedo que calcula cada paso que da, cada roce provocado, piensa mientras besa en otros besos que ha de dar, y se desengaña asustado por la perspectiva temporal de la vida, dejando sobre la mesilla de noche una carta en son de despedida llena de postdatas.
La maga tenía que ser en sí, nacer en un instante preciso pero desconocido, porque el destino era eso, ir encontrándose deshojada la vida, hojándola de nuevo con cada pétalo, una especie de carpe diem poético donde la belleza eclipsara al dolor, lo sometiera y lo reciclara, convirtiéndolo en un mal menor. Pero un día, al borde del camino, en lo que dura un accidente o un cigarrito, uno contempla con nitidez sus pasos y se da cuenta de que lo escrito minuciosamente no encuentra su correlato. Lo calculado no resulta lo vivido, y uno vuelve a entrar en crisis. ¿Existe la Maga? ¿Se puede inventar o nos inventa ella?
II
La literatura y la vida son dos cosas bien diferentes y si se pudiera elegir, como dijo Antonio Tabucchi, entre hablar del amor o hacerlo, desearía hacerlo muchas veces. Porque la vida no debe perderse en exceso tratando de describir su belleza presente si puede vivirse. Hablar, pensar, teorizar, devanarse los sesos en cálculos imposibles para explicar el sentido de la existencia es una tarea noble, pero el alma necesita asir la vida en coordenadas, besarla en tiempo, en lugar, en forma, encadenarla hasta hacerla finita y al mismo tiempo erigirla como referencia no material. La vida debe ser aquello que nos hace soñar con los ojos abiertos, como un sueño encadenado a la vigilia o una esperanza que nos haga mejores siendo los mismos.
Cuando has tenido los destellos de La Maga entre tus manos (hay quien dice que eso sólo ocurre una vez en la vida, aunque yo sé de buena mano que mienten) se necesita que el tiempo avance nuevamente, que transcurra como una tarde de verano a pleno sol, en la que enterrar los recuerdos convertidos en arena de playa. Sólo desnudo de casi todo, como un niño cogido de la mano en su primer día de escuela, vuelve a tener sentido empeñar la vida. Volver a caer en la misma piedra tiene sentido si la enfermedad es un compartido estado del dolor.