
Lo primero que recuerdo de mi abuelo
es el camino de vuelta a su casa
a la salida del colegio.
Me recogía sólo a mí (mis hermanos
tenían que buscarse la vida)
y sólo a mi me compraba chicles.
Más tarde supe que eso lo hizo con todos
sus nietos cuando tenían mi edad.
Mi abuelo fue hijo de la guerra de las dos
Españas y padre de una pobreza
que fue mucho más crisis que ésta.
Tuvo que salir a los campos para buscar
qué comer o pedirlo prestado
y esa falta de lo necesario marcó
para siempre su carácter.
Fue un hombre duro de corteza,
como tenían que ser los hombres,
pero con un corazón tan grande
sus certezas se fueron deshojando
con el tiempo como una margarita.
No sé cuanta fe tuvo en el más allá
pero en el más acá su dios fue mi abuela.
Ella fue todo su mundo
y el mundo sólo un satélite
alrededor de su estrella.
Si ella no estaba
no era capaz de atarse los cordones,
hacer la comida o dormir la siesta.
Hoy en comprendido
que no era por incapacidad
dejadez o torpeza, sino por devoción:
le encanta ver cómo ella lo hacía todo
y que sólo lo hiciera ella.
Lo último que recuerdo de mi abuelo
o mejor dicho, lo que quiero recordar
es su vitalidad luchando hasta la muerte
por no quedar postrada;
su ironía al borde del abismo
repartiendo carcajadas;
mi mano sujetando una vida
que por momentos se escapaba;
su rostro sereno y claro como cuando
a la salida del colegio me llevaba a casa.
0 borrones:
Publicar un comentario en la entrada